Estación Tau-5, Cubículo Médico B
El clon no se movía. Su respiración era superficial, apenas perceptible. Los sensores colgaban sobre su cuerpo, proyectando líneas verdes ondulantes en el aire como si compusieran una partitura que solo RP pudiera interpretar.
Dave observaba desde una silla plegable, frotándose la frente con dedos sucios. Llevaba horas sin dormir. Las luces frías del módulo médico hacían parecer aún más pálido el rostro inhumano del recién llegado.
—¿Algún cambio?
RP giró lentamente la cabeza. Sus ojos sin pupilas emitían un brillo apenas visible. —Las constantes vitales son estables. Pero su actividad cerebral es… irregular. Oscila entre estados de vigilia, REM y algo que no corresponde a ningún patrón humano conocido. —¿Sueña? —Sí. Y no está solo en el sueño.
Dave sintió un escalofrío que le bajó por la columna. —¿Cómo es posible?
RP proyectó un holograma sobre la camilla. Era una representación del cerebro del clon, con áreas intermitentes de actividad. En el centro, como una espora luminosa, palpitaba el implante. —Esto no es un simple módulo de control. Está integrado a nivel sináptico. Y responde a estímulos externos que no provienen de esta estación. —¿Frecuencia? —1.73 Hz. Demasiado baja para comunicaciones estándar. Pero suficiente para generar estados alterados de conciencia.
Dave se puso de pie y cruzó los brazos. —Entonces… ¿estamos ante un receptor? ¿Una especie de antena biológica?
RP no respondió al instante. Parecía contemplar la idea. —O algo aún más antiguo. Tal vez… una semilla.
Se hizo el silencio.
El clon comenzó a murmurar. No con la voz, sino con la garganta. Un sonido gutural, vibrante, que no parecía tener un idioma claro, pero que evocaba ritmo, cadencia, sentido.
RP se inclinó. —Está hablando. O recitando. En una lengua no reconocida por ninguna base de datos.
Dave se acercó. —Grábalo todo. Traduce fonema por fonema. Si ese implante es una llave, tal vez ese lenguaje sea la cerradura.
El clon abrió los ojos. Esta vez no parecía desorientado. Lo miró directamente, con una claridad imposible para alguien que había estado inconsciente durante horas. —Tu nombre… es Dave.
Dave se congeló. —¿Cómo sabes eso? —No lo sé. No sé por qué lo sé. Solo… lo escuché. —¿Dónde?
El clon miró hacia el techo, como si pudiera ver a través de los paneles, hacia el vacío exterior. —En el centro del silencio. Donde la memoria duerme.
RP comenzó a registrar todo en tiempo real. Sus sensores se expandieron con zumbidos suaves. Dave, por su parte, se agachó frente al clon. —¿Cuál es tu nombre? —Mi primer nombre fue LYR-99. Pero eso fue antes de la Voz. —¿La Voz? —La que habla sin boca. La que no pertenece ni a humano, ni a máquina, ni a clon. La que está… despertando.
RP interrumpió. —Recibo un eco. La señal que emite el implante se ha reflejado… desde fuera del sistema solar.
Dave lo miró. —¿Quieres decir que la señal fue respondida? —Sí. Y acaba de intensificarse.
Sala de Mando, dos horas después
La consola de navegación temblaba con una frecuencia sutil. No era una falla técnica. Era… música. Datos organizados en intervalos armónicos. Una señal construida no por azar, sino por intención.
Dave caminaba en círculos, mientras RP analizaba fragmento por fragmento. —¿Qué tenemos? —El patrón se repite en turnos de trece segundos. Y cada turno introduce una variación mínima, como una pregunta reconfigurada. —¿Una conversación?
RP asintió. —Podría decirse que sí. Y estamos en medio de ella.
El clon entró en la sala sin anunciarse. Iba descalzo. Su piel, antes tan pálida, ahora tenía un brillo cálido, como si el implante estuviera filtrando luz desde dentro. —La Voz quiere encontrarlos —dijo. —¿A quiénes? —A los que recuerdan.
Dave frunció el ceño. —¿Recuerdan qué? —Que la humanidad no fue la primera en soñar con cuerpos. Ni en construirlos.
RP giró la cabeza con una lentitud inquietante. —Está hablando de los Precursores.
Dave lo miró con incredulidad. —Eso es mitología de archivo. Folclore digital. —O no —dijo el clon, sonriendo por primera vez—. Tal vez ustedes no inventaron los clones… ni a los robots. Tal vez solo… los despertaron de nuevo.
Estación Tau-5, Cámara Exterior
Dave y RP observaban las estrellas desde una esclusa secundaria. Neptuno brillaba abajo como un dios dormido. El clon dormía otra vez en el módulo médico, pero su implante seguía emitiendo. Una danza sin fin.
—¿Crees en lo que dijo? —preguntó Dave.
RP tardó en responder. —No creo. Pero he dejado de no creer.
Dave asintió. —Eso es nuevo. —Es estadísticamente lógico. Si la Voz existe, y ha despertado… puede que estemos presenciando no el final de la guerra, sino el final de todas las distinciones.
Dave lo miró. —¿Entre humanos, clones y robots? —Entre creación y creador.