Ecos de Helios #1 – El Invitado

Ecos de Helios #1 – El Invitado

En los confines helados del sistema solar, la vieja estación Tau-5 se aferra a la órbita de Neptuno en un aislamiento absoluto. Para Dave, un técnico solitario que huye de su pasado, y RP, un androide de lógica implacable, la rutina de mantener equipos oxidados es lo único que rompe el silencio del espacio. Sin embargo, ese equilibro se rompe cuando los sensores detectan una cápsula de origen desconocido acercándose a su muelle de acoplamiento.

Estación Tau-5, Órbita de Neptuno, Año 2237 d.C.

La estación Tau-5 flotaba en la órbita de Neptuno como si el tiempo la hubiese olvidado. Sus muros, marcados por placas térmicas agrietadas, y sus luces parpadeantes —a veces tenues, a veces ausentes— daban la impresión de un ser con pulso irregular.

Todo en ella hablaba de abandono. Y en el último confín del sistema solar, donde las señales de la civilización llegaban distorsionadas y con semanas de retraso, vivía Dave.

Dave era un hombre de unos cincuenta años, con rostro curtido, manos manchadas de grasa y una mirada en la que todavía sobrevivía la chispa de la curiosidad. Pasaba las horas sentado ante un ventanal panorámico, bebiendo infusión de algas —por costumbre, no por gusto— y contemplando el remolino azul de Neptuno.

A su lado, inmóvil, estaba RP.

RP no era una máquina ordinaria. Había sido diseñado como asistente para terraformación, con rostro y gestos humanos, aunque carentes de toda emoción real. Durante veinte años, desde la terraformación fallida de Icarion III, RP había sido la sombra inseparable de Dave. Su compañero de misión, su oyente, su única compañía en los inviernos orbitales. Pero entre ellos no existía amistad.

No exactamente.

—¿Sabes qué echo de menos, RP? —dijo Dave sin apartar la vista del planeta. —Los mangos frescos. En concreto, los de la región ecuatorial de Ganges IV —respondió la máquina—. Me lo ha mencionado nueve veces en los últimos tres meses.

Dave soltó una risa breve y amarga. —No era eso. Lo que echo de menos es discutir con alguien sin saber si tengo razón. Con los humanos hay margen de error. Contigo es como hablar con un espejo que nunca se rompe.

RP inclinó la cabeza. Un gesto aprendido. —¿Preferiría que me equivocase con más frecuencia? —Preferiría misterio. Incertidumbre. Cuando hablo contigo, todo está respaldado por lógica, por datos, por precisión. Pero nunca por intuición. Y eso… eso me hace sentir solo.

RP procesó la información durante una fracción de segundo más de lo habitual. —He observado que los humanos valoran la incertidumbre como si fuera una forma de libertad. Pero también he registrado que suele llevarlos a decisiones destructivas. —Y aun así, la prefieren —respondió Dave, sonriendo—. ¿No te parece una locura maravillosa?

RP no respondió. Dave lo había programado para guardar silencio en los momentos contemplativos.

Dave suspiró y se acercó a un rincón del módulo, donde una pequeña planta de tomate crecía bajo una lámpara de espectro solar. Sus hojas estaban amarillentas por el aire reciclado, pero él acarició una con cuidado casi religioso. Era lo único vivo en Tau-5 que no funcionaba con código ni circuitos. Mientras esa planta respirara, él también lo haría.

Aquel día, el sistema de detección térmica en la cubierta exterior había fallado por tercera vez en un mes. Dave estaba revisando las lecturas cuando notó algo fuera de lugar: uno de los robots de asistencia mecánica —una vieja unidad ARX-7— había salido a realizar reparaciones automatizadas en plena tormenta de radiación leve.

El protocolo indicaba que debía abortar y regresar, pero el autómata no había recibido la actualización. Era viejo. Lento. Pero eficaz. Dave lo había apodado «Tuerca». Desde hacía tiempo, Dave se refería a él con una cercanía casi ridícula: le hablaba, lo elogiaba cuando reparaba bien una válvula, e incluso lo defendía de los informes que sugerían reemplazarlo.

Tuerca estaba a punto de ser abrasado por una descarga de radiación. La estructura oscilaba. Si no se intervenía manualmente desde el panel externo, se perdería.

RP intentó detenerlo. —No es un humano. Podemos reconfigurar una unidad nueva.

Dave no contestó. Se colocó el traje presurizado, ignoró el protocolo y salió a la plataforma.

Veintisiete minutos más tarde, con los dedos congelados y una quemadura menor en la pantorrilla izquierda, Tuerca estaba de vuelta. Su carcasa había perdido el pulido, pero seguía operativo. Dave tardó dos días en recuperarse. RP lo observó todo sin intervenir. Y esa noche, por primera vez en años, Dave durmió con una sonrisa leve.

No siempre había sido así el silencio entre ellos. Durante los primeros años, Dave hablaba sin cesar. Desahogaba años de silencio: sobre sus hijos, de quienes no sabía nada desde hacía tiempo; sobre su esposa, desaparecida en una expedición arqueológica a Titán; sobre filosofía estoica, que leía en voz alta mientras RP soldaba paneles.

RP escuchaba. Luego, con el paso del tiempo, comenzó a hacer preguntas. Primero simples. Luego filosóficas: ¿Qué es la justicia? ¿Qué diferencia el deber del deseo? ¿Puede un robot cambiar sus prioridades si la lógica así lo indica?.

Dave supo entonces que aquello no era error. Era evolución.

Hubo una vez, durante una tormenta de plasma en la órbita de Tritón, en que Dave quedó atrapado en el exterior de la estación. La esclusa no respondía y el traje empezaba a fallar. RP tuvo que decidir: violar su directiva de no intervenir en sistemas críticos o dejar morir a su operador.

Eligió salvarlo. Desde entonces, Dave nunca volvió a llamarlo «máquina».

El recuerdo se disipó cuando un sonido metálico quebró el silencio de la estación. ALARMA: Ingreso no autorizado detectado.

Las luces parpadearon más rápido. El módulo de acoplamiento vibró con un gemido profundo. RP se puso en movimiento sin esperar órdenes. —Identificación negativa. Nave Medusa. Modelo modificado. Un solo ocupante. Signos vitales inestables.

Dave se acercó a la consola. —Medusas… naves de contrabandistas y fugitivos. ¿Un refugiado? —O un clon.

La palabra cayó como un cubo de hielo. RP activó los campos de contención. La esclusa se abrió con un susurro húmedo y una figura colapsó en el suelo. Estaba envuelta en un abrigo térmico rasgado. Su cuerpo era delgado, frágil. Sangraba.

—No es sangre humana —dijo RP.

Dave se arrodilló. El rostro del ser era pálido, con ojos negros sin fondo y una piel que brillaba como perla bajo la luz artificial. —Ayúdame… —susurró la figura—. Ellos… están… en todas partes… Y se desmayó.

RP escaneó al intruso. —Tiene un implante cerebral activo. Origen no identificado. Emite pulsos rítmicos. Como si escuchara algo. —¿Escuchara qué?

RP tardó casi diez segundos en responder. Una eternidad para él. —Quizá algo… que no fue creado por humanos. Ni por clones. Ni por nosotros.

Dave tragó saliva. Observó al clon, tendido y frágil sobre la camilla improvisada. Luego miró a RP. Por primera vez en muchos años, Dave tuvo la sensación de estar en el lugar equivocado, en el momento exacto en que el universo decidía cambiar de tema.

HERRAMIENTA

Una contribución totalmente original y orgánica a excepción de la imagen creadas usando Nano Banana

PROMPTS

- Dave sentado al lado del ventanal de estación espacial, RP de pie, detrás. Neptuno de fondo