Hippókampos

Hippókampos

En nuestro cerebro, el hipocampo es una pequeña estructura con forma de caballito de mar que se localiza en el lóbulo temporal, donde interrelaciona memoria, navegación espacial y emociones. Su situación estratégica le hace participar en el almacenamiento de recuerdos emocionales y la toma de decisiones basadas en la experiencia, el aprendizaje y la percepción del entorno. Algo pequeño y poderoso que pasa desapercibido. Justo lo que hacía falta.


—Buenos días —Giró la muñeca para mirar el reloj y este le iluminó el rostro—. Quizá sería mejor decir buenas tardes.

    En la pantalla, única luz de la sala, se veía su figura en tonos azulados, muy oscura, casi irreconocible. Aun así, parecía cansado, como si no hubiera dormido bien. La barba de más de un día ayudaba a dar esa impresión. Alguien se le acercó y le pasó una nota. La leyó y se giró con brusquedad intentando encontrar al mensajero donde quiera que se hallara realmente. Después de unos segundos, decidió meterla de forma precipitada en su bolsillo.

    El resto de la gran sala estaba repleta de gente. Se escuchaba el murmullo de sus voces. Olía a humedad, rancia, recalentada. Era molesto, pero nadie parecía hablar de ello. La mayoría lo hacía sobre traslados, alojamientos y comidas. Siempre en inglés, aunque con mil acentos diferentes.

    —Buenas tardes, hemos cerrado la puerta porque ya no va a venir nadie más. Se ha debido de quedar gente en aeropuertos y estaciones, pero ya llevan demasiado tiempo metidos en ese agujero —Su voz sonaba clara gracias a distintos altavoces distribuidos por el espacio—. Mi nombre no es relevante. Si alguien cree reconocerme, seguramente estará en un error.

    Se oyeron murmullos. Parecía que todos creían reconocerlo y se burlaban de su intento de pasar desapercibido. Anderson esperó a que los murmullos se acallaran.

    —Bien, creo no equivocarme si digo que todos y cada uno de los que estamos aquí, lo hacemos por motivos muy diferentes. Si hay algo que nos una, que represente para todos nosotros un mismo objetivo, deberíamos considerarlo nuestra meta común, a la que dirigirnos, y olvidar cualquier otro motivo particular.

    Hizo una pausa para que sus oyentes dejaran de pensar en sus cosas y se centraran en sus palabras.

    —Acompáñenme en una ligera digresión para la búsqueda de ese punto común, déjenme mostrarles una imagen que nos ayude a confluir: Pensemos en el Caballo de Troya. Todos sabemos su significado. Ese obsequio envenenado que algunos ofrecen a sus enemigos, y que, al ser aceptado, los arrastra irremediablemente hacia su propia derrota.

    Levantó la mirada, entrecerrando los párpados para enfocar mejor, como si realmente pudiera ver a su auditorio desde donde quiera que hablara.

    —El relato original puede que fuera solo literatura, pero desde aquella leyenda de aqueos y troyanos hasta nuestros días, se ha utilizado esa estratagema en infinidad de ocasiones y siempre, siempre, ha cogido desprevenidos a los troyanos y ha supuesto una ventaja significativa para sus obsequiosos enemigos.

    Las personas que escuchaban atentamente al científico empezaron a inquietarse, no estaban allí para escuchar lecciones de Historia, y menos de un físico teórico.

    —Los aqueos, —continuó ignorando el efecto de sus palabras—, en el relato original, tendrían mil motivos para invadir Troya, tantos como individuos acampaban a las afueras de la ciudad, pero el hecho mismo de la invasión los unía.

    —¿Has puesto la presentación? —susurró Luís en el oído de Ana.

    —¡Shhh! —le respondió ella mientras le apretaba la mano.

    —Más de dos mil años después, a los franceses del siglo dieciocho les unía otro asalto: “La Toma de la Bastilla”. Después vendrían los mil motivos distintos que los llevaron a hacerlo, pero en ese momento, aquella acción violenta y revolucionaria les unió. Os pido pues que pensemos sólo en lo que nos une y olvidemos nuestras diferencias.

    Hizo una pausa para beber un poco de agua de una botellita que tenía en el bolsillo.

    —Bien, ¿cuál es nuestro objetivo común, el primer paso, eso que nos une? —Guardó silencio un instante durante el que nadie se atrevió a contestar. Él continuó—. Asaltar la fortaleza de los magnates tecnológicos y despojarlos de esas herramientas que le permiten dominar el mundo.

    Se inició un murmullo que rápidamente dejó paso a un alboroto, protestas, gritos incluso: “¿¡Quién te ha dicho eso!?” “¡Pirado!” “¡Envidioso!” “¡Extremista!” “¡Comunista!”

    Anderson dejó escapar una sonrisa, estaba claro que escuchaba sus comentarios. Debía haberlo previsto, ni siquiera en ese primer objetivo de encontrar un nexo común estaban de acuerdo. Poco a poco los gritos dejaron paso de nuevo a los murmullos y estos terminaron por acallarse.

    No era la primera vez que Luis, Ana y sus amigos, escuchaban a Anderson hablar en aquellos términos que, desde luego, le hacían aparecer como un revolucionario trasnochado.

El científico y su colega, Sofía Rubinstein, habían llegado a Europa para tener una serie de encuentros con la intención de obtener fondos para su proyecto en Berkeley. Tras el primer encuentro, Anderson volvería a California para alejarse definitivamente del mundo del espectáculo científico. Pero no aquella noche. En su lugar, tomó un vuelo nocturno con Ana y su hermano Carlos, en cuya casa se alojaría durante algunos días, para terminar de poner en marcha aquella organización.

    A la mañana siguiente, se encontraron con él todos los miembros de la redacción de Math Barricades. Alguien tuvo la ocurrencia de llamar a aquel grupo el “centro de gravedad”.

    —Esto me parece un poco teatral —había dicho una de las integrantes. Luis se había encogido de hombros. No era él quien había planificado aquello.

    —Aunque parezca una chorrada —dijo Anderson en un momento de la reunión—, debemos tener un nombre. Elena me ha comentado que ya tenía uno, a ver…

    Elena Santaolalla era una estudiante de matemáticas y física, con un expediente académico de matrícula, pero con la apariencia de una chica normal, más bien despistada y poco amiga del arreglo personal.

    —Había pensado en Ippókampos, IPPKP. Se refiere a cómo los griegos antiguos…

    —A mí me parece perfecto —le interrumpió—, ¿qué os parece?

    Luis ya le había comentado a Ana que Anderson le parecía petulante, irritante, engreído y “cuatro cosas chungas más” para las que en ese momento no tenía palabras. Elena se quedó con la boca abierta. En su mano tenía incluso la grafía de IPPKP con algo parecido a un logo.

    —Lo dicho, Ana, este tío es imbécil —le susurró al oído.

    —Es un portento, no lo juzguemos por su falta de simpatía. Esto no es un grupo de amigos —le había contestado ella.

    Ahora estaba en algún lugar desconocido emitiendo para aquel sótano húmedo y pestilente, y por supuesto, alardeando de su superioridad académica. Su público, en la oscuridad, esperaba una explicación.

    —¿Veis lo que os he dicho? Cada uno tiene su objetivo particular. Pero, perdonad, he utilizado este lenguaje para hacerlo coherente con los dos ejemplos que he puesto antes — se enjugó el sudor con el dorso de la mano—. Si lo preferís, digamos que nuestro objetivo es evitar que la tecnología esté bajo el control exclusivo de cuatro o cinco individuos. ¿Os parece mejor?

    Nadie respondió.

    —Algunos de nosotros nos sentimos invadidos en nuestros trabajos, si no en nuestras vidas, por el poder inmenso de estas empresas. A ese poder hemos contribuido nosotros mismos, con nuestras investigaciones y trabajos. Sin darnos cuenta nos hemos convertido en los engranajes de un engendro que no controlamos, pero que nos controla. El motivo particular de cada uno para estar aquí os lo dejo a cada cual, el objetivo común, sin embargo, está claro: es tomar el control de esa… “Cosa” —dijo haciendo una pelota con ambas manos—. Ese es su caballo de Troya. Nos lo han dejado en la puerta de nuestras casas, oficinas, talleres y laboratorios. Piensen en eso y sientan, sin miedo a parecer paranoicos, el inmenso riesgo que corremos si no hacemos nada.

    Los murmullos de aprobación indicaban que el atisbo de rebelión había sido sofocado. Anderson acababa de lucir sus dotes de experimentado orador.

    —Dicho esto, lo que viene ahora es una cuestión que mejor os la plantea gente que sabe mucho más que yo de todo esto. Cuando quieras…

    Luis soltó la mano de Ana para dejarla subir a un cajón delante de la pantalla con la imagen del científico. Anderson esperó a que llegara al círculo de luz que la iluminaba para desaparecer, dejando la pantalla vacía.

    A Luis le sudaban las manos, y la frente, y empezó a respirar con ansiedad. Carlos se le acercó y le susurró palabras tranquilizadoras.

    —No he visto a mi hermana cagarla nunca. Confía en ella.

Ana comenzó a hablar.

    —Aunque algunos de nosotros ya nos conocíamos en persona, la mayoría estábamos ocultos tras nuestro apodo en las redes, o nuestro código de recurso de las compañías para las que trabajamos, sin haber compartido el mismo espacio físico jamás. Y tengo que decir que, para esto —Señaló al vacío negro que la rodeaba—. Podíamos haber permanecido sin hacerlo.

    Algunas risas rompieron la tensión.

    —La razón del encuentro personal no es otra que la de recibir La Pasarela, fijar nuestro protocolo de comunicación y no tener que volver a encontrarnos en persona nunca más.

    La pantalla mostró una imagen. Sobre un fondo azul oscuro, la silueta esquemática de un cerebro con un caballito de mar en su interior. Bajo la figura, las siglas IPPKP.

—Como mi antecesor acaba de explicar, nuestro objetivo, el común, es acabar con el control absoluto que sobre la tecnología tienen un grupo muy selecto de individuos superricos y poderosos. Él ha hablado de “caballo de troya” dejado por ellos en la puerta de nuestras casas.

    La imagen de la pantalla cambió. Ahora se veía el rostro de un chico iluminado por la pantalla de su portátil. Detrás de él, un caballo de madera en el centro de la habitación. Luis había insistido en que no fueran imágenes generadas por IA.

    —Caballo al que hemos dejado entrar sin ningún tipo de precaución. Ahora el enemigo está aquí, junto a nosotros. ¿Cómo deshacernos de él, cómo organizarnos para hacerlo sin que él mismo se dé cuenta?

    En la pantalla apareció una caja negra. Era la señal: el grupo de Math Barricades, con unas bolsas colgadas del cinto, empezó a repartir pendrives entre el público. Pedían primero el tique que cada uno había recibido en la entrada y lo pegaban al que tenía adherido el dispositivo. Luego entregaban la memoria y se guardaban el par de tiras de papel unidas.

    —Ahí va un software de un solo uso. Repito, de un solo uso. Deberéis insertarlo en un equipo viejo o una Rasperry Pi, que no vayáis a necesitar para nada más, no debe tener más que un interfaz de vídeo, otro de sonido y otro de red física, no vale wifi, y, por supuesto, un puerto USB de arranque, en el que conectaremos el dispositivo que desplegará una máquina software dedicada exclusivamente a la comunicación con la red IPPKP.

    El grupo volvió a reunirse una vez repartidos todas las memorias y recabados todos los tiques.

    —Cada pen es una instancia específica. Una vez instalado, será “soldado” al equipo en el que se conectó quedando inutilizado si se conecta a otro. Como ya os he dicho, es “de un solo uso”. No prueben a conectarlo en ningún sitio que no vaya a ser el definitivo.

    Se oyeron algunas protestas.

    —Vuestra identidad será asociada a vuestra instancia del sistema. Cualquier uso incorrecto o intento de hackeo, no duden de que los habrá, supondrá la inutilización del software y del canal de comunicación, rompiendo las comunicaciones con su usuario, que dejará de pertenecer a IPPKP.

    Los murmullos fueron en aumento. Ana esperó a que bajaran de volumen para intervenir.

    —He escuchado por ahí “parece de Misión Imposible”. Ahora ya sabéis lo que implica pertenecer a una Sociedad Secreta. Paso a continuación a enumerar los puntos más importantes del protocolo, que también será volcado en vuestra “pasarela”.

Mientras Ana iba diciendo los diez mandamientos de Ippókampos, Anderson se acercó al grupo de Math Barricades.

    —Bueno, parece que el primer paso no ha sido difícil —le dijo Luis.

    —¿Seguro? —respondió el físico—, la mitad de los pendrives estarán inutilizados en el primer intento. Otra parte se perderá o se olvidará en hoteles, aviones o taxis. Ahora es cuando nos la jugamos de verdad.

    —No hay duda de que todo esto es bastante complicado.

    —Pero tú tenías un as en la manga, no es así Luis.

    No se podían ver las caras, pero el interpelado reconoció la voz de Elena.

    —Varios, y espero que funcionen.

    —El mecanismo debe comportarse como una mezcla entre RR Raskólnikov y Marmee March.

    La doble cita literaria de Anderson resultó incomprensible para quienes la escucharon, y él no quiso explicarla. Luis pareció tener la necesidad de hacerlo.

    —Será riguroso, casi cruel, con un mal uso, pero perdonará la mayoría de los fallos típicos de gente como nosotros.

    —¿incluida la pérdida?

    —Esa también. Y no ha sido fácil simular todos los casos sin dejar nada en el cajón. Ana ha sido muy útil en esto —dijo señalándola en su círculo de luz.

—Y por último —continuó la oradora—, todos tendremos un apodo, se os dará el vuestro una vez instalado el sistema. Tendremos un par de enlaces por arriba y algunos enlaces por abajo. No nos podremos comunicar horizontalmente ni con cualquiera, sólo hacia nuestros nodos “padre” o hacia nuestros nodos “hijos”.

    De nuevo los murmullos.

    —Sí, tenéis razón. Es como están organizadas las empresas para las que trabajamos. Como en una unidad militar. Pero es la forma más segura y consistente de actuar, una sola cabeza y mil manos.

    —¿¡Y quién es la cabeza!?¿¡El Revolucionario!?

    Ana hizo un gesto y Anderson volvió a aparecer en la pantalla.

    —Parecería lo propio ¿verdad? —dijo respondiendo al inquisidor.

    Nadie respondió.

    —Pues no. Yo seré uno más. La cabeza ni siguiera está viendo esto —mintió—. Confiad en la organización, todos tenemos un mismo objetivo, y os puedo asegurar que, si hacemos cada uno lo que nos corresponde, se alcanzará.

    Un rectángulo blanco se iluminó al fondo, tras la multitud. Era la puerta que invitaba a salir.

    —No habléis de esto con nadie y todo irá bien. Cuando salgáis del edificio vuestros móviles volverán a tener cobertura. Nos vemos en la red.

    Mientras veía como las siluetas iban un mensaje apareció en el móvil de Luis.

   «¿Estás seguro de que nadie se nos puede infiltrar?»

    «Mi abuela decía que seguro no hay nada en la vida. Pero sí, estoy razonablemente seguro», tecleó rápidamente el chico.

    Anderson apretó la nota de su bolsillo y tragó saliva.

HERRAMIENTA

Una contribución totalmente original y orgánica

PROMPTS